Sobre el nuevo período genocéntrico


El camino que abrió Darwin nos ha conducido a la sustancia genética (al ADN). Este descubrimiento nos hace pasar (a todos los grupos humanos) del fenocentrismo al genocentrismo. El centro se ha desplazado de la criatura al creador (de los fenotipos a los genotipos). La sustancia genética es la única sustancia viviente (‘viva’) en este planeta. Nosotros, pues, no podemos ser sino sustancia genética. Esta ‘revelación’ (esta
auto-gnosis) ha partido en dos nuestra historia sobre la tierra. Todo el pasado cultural de los humanos ha resultado arruinado, vacío, nulo... La ilusión antropocéntrica que nos ha acompañado durante miles de años se ha desvanecido. Se ha producido una mutación simbólica (en orden al conocimiento y a la conciencia de sí como sustancia viviente única); el cariotipo humano entra en un nuevo período de su devenir.

Esta aurora, este nuevo día cuyo comienzo presenciamos, alcanzará en su momento a todos los pueblos de la tierra. Pueblos, culturas, tradiciones, creencias… todo lo ‘humano’ desaparecerá. Viene una luz (un saber, una sabiduría) tan devastadora como regeneradora. Esta regeneración del cariotipo humano en el orden simbólico tendrá sus consecuencias. En un futuro no muy lejano hablaremos, pensaremos, y actuaremos, no como humanos sino como sustancia viviente única.

No hay filósofos aún, ni poetas, ni músicos, ni científicos… para este período genocéntrico que inauguramos. No hay nada aún para las nuevas criaturas, para la sustancia viviente única –en
esta nueva fase de su devenir. Nos queda la elaboración de una cultura, de un ‘mundo’ nuevo (digno de la naturaleza de nuestro regenerado, de nuestro recuperado ser). Queda todo por hacer.

domingo, 19 de febrero de 2017

146) Genocentrismo II


Genocentrismo II. Para los futuros.


Manu Rodríguez. Desde Europa (19/02/17).


*


*No es posible estar de acuerdo con Nietzsche con respecto a su crítica al ‘instinto cognoscitivo (no coartado)’, es esta pulsión cognoscitiva la que nos ha conducido aquí, esto es, a nosotros mismos. Por lo demás las neurociencias coinciden con las intuiciones ‘psicológicas’ de éste (heredadas de Schopenhauer –“el mundo como representación”). Nosotros creamos el mundo. Nosotros vivimos en el mundo creado, y es en este mundo en donde  nos movemos y somos. Y esto se logra mediante la ‘representación’, y el lenguaje simbólico, esto es, compartido. Estos mundos se construyen con símbolos o signos que se comparten. Vivimos en el mismo mundo en la medida en que compartimos el mismo mundo simbólico.
El Uno primordial, la voluntad, la fuerza (‘vis’, potencia)… la voluntad de poder. Las intuiciones de Schopenhauer y Nietzsche hay que contemplarlas a la luz del lenguaje genocéntrico. En todo lugar se habla de la sustancia genética, de la sustancia viviente única, del único ser vivo, del único que subyace a toda actividad, a todo fenómeno viviente.
La ‘representación’ es cosa de la sustancia genética. Es la misma vida la que genera el mundo en el ha de moverse.
Si cada uno de los humanos tuviera su propio mundo, esto es, su propio repertorio de signos, o su propia representación, no nos entenderíamos en absoluto. Son signos/mundos compartidos, comunes. La ‘cultura’ es el lugar donde se comparten estas ‘representaciones’.
Es, además, “la actividad espiritual de milenios depositada en el lenguaje” (Nietzsche) –en el lenguaje y la cultura, en el mundo simbólico todo.  Una actividad espiritual milenaria. Toda nuestra memoria ancestral y autóctona. El espacio simbólico.
La comunión de estos símbolos en los cariotipos sociales. Compartimos el mismo mundo simbólico. Nos movemos y somos en el mismo mundo. Esto es bueno para la vida, promueve la vida. En nosotros, en el cariotipo humano, es algo que no cesa y que ha dado lugar a numerosas formas. Ese mundo tiene que ser asimilado e incorporado por el genoma (los genotipos que vienen a la luz y que han de integrarse en un determinado entorno lingüístico cultural).
El genoma vive en el presente, en el instante. Pero también va y viene, recurre a su memoria, se proyecta hacia el futuro, merodea, fantasea... El genoma, aparte de procesar o metabolizar información permanentemente,  cuida y rige la maquina corporal entera.
El cuerpo es una jerarquía. El sistema nervioso, el piloto del cuerpo, también está jerarquizado.  Son los núcleos de las células nerviosas los únicos que reciben y emiten órdenes e información. Las neuronas están agrupadas en regiones o espacios bien diferenciados y coordinados o subordinados unos a otros –las  neuronas del hipotálamo emiten y/o reciben otras órdenes e informaciones que las del córtex, por ejemplo. Desde estos lugares los genomas, van, se mueven por el mundo.
Ha de haber un orden jerárquico en el genoma, así como lo hay en los organismos, o en nuestro sistema nervioso.
La vida no es una sustancia inerte. Es un ser activo, dinámico, creativo. Está inserto en el devenir. Deviene, él también, otro, y otro, y otro… Se escande, se prodiga. Si hay diferencia de soma, hay diferencia de genoma (los genomas son variaciones de un cariotipo específico).
Se alimenta de sí, se nutre de sí. Autofagia. Las plantas, que se nutren de la tierra, alimentan a otros seres vivos, que a su vez alimentan a otros. Así se escribe la vida. Es un ciclo. Mediante la reproducción la sustancia genética se eterniza. Es el ‘Rtá’ de la vida, el logos de la vida. Un grafo orientado, cíclico, y recurrente. Un ciclo virtualmente eterno. El grafo de la vida. El orden viviente. La genosfera.
Es la vida la que habla en el cariotipo humano. No la criatura, sino el creador. Alienados vivíamos en nuestra criatura hombre. Y malentendíamos el mundo. Hablaba el hombre, el instrumento, el vehículo, el cuerpo. Durante mucho tiempo se tuvo como señor, como sujeto creador y transformador; como el centro de la creación, de nuestra creación. Ahora nos es dado hablar la lengua del creador. La criatura ha desaparecido, y con la criatura, sus mundos.
Esto sí que es un mensaje universal y compete a todos los seres humanos. Todos los pueblos y todas las culturas tendrán que habérselas con esta verdad.
Apenas si hay algo en los mundos pasados que  nos sirva. Apenas unas pocas voces. Darwin, Nietzsche. Nadie nos esperaba. El martillo de Nietzsche, destruyendo mundos, y la pulsión cognoscitiva de Darwin nos han conducido aquí. Ambas confluyen en el ser viviente único, en la causa y el motor de todo el orden viviente. 
Ese ser único que se multiplica, que se escinde, que se fragmenta… El Uno primordial. Apolo es la escisión, la separación, la individuación (la lírica monódica); Dioniso es la reunión, el reencuentro, la comunión (la lírica coral).
El hombre, en el cariotipo humano, debe desaparecer, debe dar paso al genouma. El genouma es ahora el ser que se sabe. Ahora sabemos de nosotros como sustancia viviente única. Ahora podemos decir que somos nosotros los que creamos el mundo en el que vivimos; no decimos que sea obra del hombre. Al período previo a este saber sí que se le podría llamar, con toda justicia, el período de la ignorancia (o del olvido). El sujeto único se ignoraba. Ahora el sujeto único se sabe. Ahora nos sabemos.
Ahora hablamos, y hablaremos, de lo nuestro; de nosotros, la vida. Desde el mismo plasma germinal. Nos, la vida; nos, la luz. Desde el corazón, desde el centro.
Nos, la vida, habla.
La vida ha de ser nuestro cuidado. El orden de la vida. No el del hombre, o el de esta o aquella criatura. Las formas vivas son tesoros de información acerca de nosotros mismos y de la potencia de nuestro ser. Son casi cuatro mil millones de años de experiencia. Tenemos casi la edad del sistema solar, casi la edad de este planeta. Desde aquellos protobiontes.
Venimos de la tierra y del cielo. La temperatura, la presión, la atmósfera, la gravedad…; el aire, el agua, la luz. Nuestras madrinas y padrinos. Todo coadyuvó a nuestro nacimiento. Las biomoléculas, las moléculas vivientes. Formadas   por H, O, N, C, y P (ordenados por su número de valencias: 1, 2, 3, 4, y 5). Es un demiurgo que ha devenido; que ha llegado a ser.
La replicación. Su misma esencia, su ser, es orden que ordena, forma que informa. Se duplica. Se ordena, se orienta hacia sí. Sobre sí retorna, en sí mora. En el nucleosoma; dirigiéndolo todo. Los genoumas avanzan con sus somas; con sus somas palpan, huelen, saborean… miran y ponderan el exterior. Protegido, en su núcleo. Es el piloto único –el consciente, y el no consciente. No hay otro del genouma.
La célula es el modelo. Núcleo y periferia. Genoma y soma. Genotipo y fenotipo.
El mundo exterior, y el mundo interior –el propio genoma. La sustancia pensante y volente. La que ahora, sí, hace y dice ‘yo’. El sujeto universal, el sujeto único.
Las palabras tienen el significado que les damos al usarlas en tal o cual contexto. Son sustancias sonoras, como un conjunto de vibraciones: cuasi-impulso, cuasi-algo, cuasi-partículas. El primer lenguaje; la primera ‘representación’.  Son además simbólicas y la mayoría tienen múltiples usos.  El otro usa el mismo registro de frecuencias sonoras simbólicas; nos entendemos pues. Cuando hablamos intercambiamos este material simbólico que dice algo, que nos informa de algo. El material simbólico es información (en amplio sentido).
Estas cuasi-partículas surgen de manera espontánea o inducida. Hacemos lo que tenemos que hacer para producir un signo cualquiera, así como cuando escribimos sabemos cómo producir los grafemas.
El papel sobre el que escribimos es como el lugar de la mente donde aparecen las  imágenes y las figuras. Proyectamos de igual modo. Dentro y fuera. Pensamos, imaginamos, hablamos, escribimos. Proyectamos.
Lo primero es el eje de gravedad, el equilibrio, el tacto, palpar, junto con el avanzar, el movimiento, el sistema motor. Ver o escuchar vienen después y se le subordinan. ¿Primero los mecano-receptores? El oído sería anterior a la vista. Foto-receptores y quimio-receptores.
¿Cómo se informa el núcleo de la presión, de la temperatura, o de la composición química ambiental? Las células como paramecios o amebas tienen receptores moleculares en la membrana plasmática. Estos receptores transducen la información y la transportan al núcleo.
Los receptores de información son fundamentales en la célula. Son varios los parámetros a tener en cuenta: químicos, mecánicos, luminosos, sonoros… Dominar el medio. Ésta es la interacción que los seres vivos tienen con su entorno. Dominar aquí es moverse con pericia y soltura en un mundo fluyente, en perpetuo devenir; con cambios súbitos e inesperados. La información aquí es vital. Con esa información los seres vivos se construyen el mundo exterior. Es una ‘representación’ de ese mundo que está más allá de la membrana plasmática, de la piel; es en esa ‘representación’ del mundo por donde voy, por donde vamos –donde nos movemos y somos.
El mundo como ‘representación’ está ya en las más simples de las criaturas (en los monocelulares desprovistos de núcleo, incluso). Cada instante se pondera el medio, se recaba información. Los genomas se hacen una ‘idea’ del medio entorno mediante la información que le hacen llegar los receptores. Para poder responder en consecuencia se ha de controlar o dominar el medio. Es esencial para la supervivencia el saber por dónde se va. En lo grande y en lo pequeño.
La sensación, esto es, la recepción de información, y la memoria. El vertiginoso automatismo del genoma en la conducción de su soma (todo sucede en milisegundos), es el producto de una larguísima experiencia, de infinitas repeticiones. Quizás aquí esté la memoria, o el origen de la memoria. Un mundo construido, una ‘representación’ que perdura. El re-conocimiento. Los receptores, por ello, diferenciados, especializados.
La información le llega al núcleo traducida (la ‘transducción’). De la misma manera que la información que les llega a los núcleos de las neuronas de nuestro cerebro-sistema nervioso también está traducida.
Luego está la asimilación de otras sustancias y organismos. Necesita incorporar material para llevar a cabo la duplicación –la mitosis.
La ‘representación’ del mundo es esencial para todos los seres vivos. Sus éxitos evolutivos dependen de la bondad de sus ‘representaciones’, de cuan pertinente y necesaria es su información –el mundo creado. La ‘representación’ lograda es aquella que mejor sirve a nuestro dominio (y por consiguiente, a nuestra supervivencia).
*El nihilismo niega la voluntad, niega la acción; niega este mundo. Schopenhauer. Pero también Buda, y Platón… Este mundo está negado en todas las utopías, sean estas religiosas, filosóficas, o políticas. Siempre hay otro mundo que ‘corrige’  a este en el que vivimos, a este mundo nuestro, sea en el cielo, sea en la tierra (en  el futuro). El mundo que es y el que debería ser, el mundo aparente y el mundo verdadero…
Es en Schopenhauer donde Nietzsche detecta el nihilismo –en sus primeros escritos había usado el término ‘idealismo’ (como lo ‘platónico’, o lo referido al mundo de las ‘ideas’... lo transmundano).
Es la negación de este mundo, implícito en todas las vías de liberación (religiosas, políticas, o filosóficas) lo que detecta Nietzsche en estas ideologías. Los puntos de fuga de este mundo. En el nihilismo extremo se niega toda salida, toda liberación –toda ficción. No hay salida, no hay nada que salvar. 
Pero no se trata de estar o no estar satisfecho con este mundo nuestro –el mundo de los humanos. O de ser pesimistas u optimistas. Este mundo nuestro es un mundo trágico. La vida es un hecho trágico. En un principio todo le era contrario. Desde sus comienzos tuvo que esforzarse, luchar, vencer, dominar. Transformar el entorno físico-químico. Garantizarse el futuro, conquistar, crear ese futuro.
En Nietzsche encontramos lo afirmación de este mundo. Con todas sus contradicciones; con toda su alegría, y con todo su dolor…
Los nihilistas (desde Buda, desde Platón…) predican un mundo indoloro. Un mundo en el que todo lo negativo hubiera desaparecido: la enfermedad, la pérdida de la juventud, la muerte… Se habla de salud eterna, de eterna juventud, de vida eterna… La eterna mismidad de Narciso. Que nada le turbe, que nada le inquiete, que nada le importune… Una dicha eterna. La salvación ‘personal’.
Este mundo ha de valer para el ‘hombre’. Es el colmo del antropocentrismo y el antropomorfismo; de todo ‘humanismo’. Es el nihilismo del hombre del neolítico. Son fenómenos lingüísticos-culturales que se circunscriben a las culturas del neolítico.
Un mundo para el ‘hombre’. Y para qué hombre. El que ha culminado en el pequeño burgués hedonista, perezoso (negligente, descuidado), y pusilánime de finales del neolítico.
*Esta aurora, este nuevo día, este período, genocéntrico, cuyo comienzo presenciamos, alcanzará en su momento a todos los pueblos de la tierra. Tierras, pueblos, razas, tradiciones, creencias… Todo desaparecerá. Viene una luz destructora, devastadora.
Es el triunfo de Xenus/Nexus. Tenemos necesidad de nuevas representaciones, de nuevos mundos. Adecuados a la nueva realidad, al nuevo saber.
Construir un futuro genocéntrico; una cultura genocéntrica centrada en la sustancia genética. Arquitectura, vivienda, música, pensamiento… mundo. Hemos de crear un mundo nuevo. Tenemos que crear para milenios.
La evolución sigue actuando. Seguimos evolucionando. En virtud de un  cariotipo específico (el humano) la sustancia viviente única ha llegado a su ser, se ha descubierto a sí misma como el ingeniero, el motor, y el piloto del soma, de la máquina corporal.  Nosotros  mismos, la biomoléculas, los genes, la sustancia genética. Lo único vivo en el planeta.
Esta mutación, este salto cultural cambiará la mirada, la lengua, el oído… Ya no hablaremos, ni sentiremos, más como hombres, como fenotipos, como criaturas. Xenus, el Uno primordial, el Único,  a través del cariotipo Nexus, tiene ahora la palabra. Es Xenus quien ahora habla por boca de Nexus.
Ahora es Xenus en todas las criaturas. Más allá del fenotipo, del cuerpo, del soma. Hacia el genouma en toda criatura. No hay otro actor, no hay otro sujeto, no hay otro. Nos hemos topado con el demiurgo de las formas vivas, nos hemos topado con nosotros mismos. La pulsión cognoscitiva nos ha traído aquí.
En la experiencia dionisiaca es Xenus quien fulge, quien  deslumbra. Xenus tiene que ver con la experiencia extática. Es de hecho ahí donde se produce el éxtasis. El gozo, la dicha, la alegría en el éxtasis, como síntomas. Algo ha sucedido en mí, algo me ha sucedido; algo súbito e inesperado; algo indeliberado e involuntario; algo inefable. La mutación, la transformación. El cambio en la mirada, en el ser. La autoconciencia de Xenus (en el cariotipo humano), esto es Nexus. Dionexus, el renacido (el dos veces nacido).
El mortal Nexus. Las criaturas que pueblan el planeta. Unidades caducas, perecederas, de la sustancia viviente única. Es la sustancia genética la que se eterna a través de las generaciones de las innumerables criaturas; el plasma germinal del planeta –virtualmente imperecedero.
*Podemos  considerar el cariotipo humano como el mejor logro de la vida (de la sustancia genética, del ADN): la forma óptima, victoriosa, triunfante; la más astuta, la más poderosa, la más voluntariosa; la más libre, la menos sujeta, la más apta para dominar el medio físico-químico y lidiar con los ‘hermanos’ –con el resto de las formas vivas (de los cariotipos). 
El destino de la ‘humanidad’…  El destino del ‘hombre’ era el de ser el lugar –la especie, el cariotipo– en el cual se daría la revelación, el descubrimiento del genouma. Construido como una plataforma –su cerebro-sistema nervioso–, como una atalaya desde la cual se pudiera observar este mundo, capaz de satisfacer nuestra curiosidad y nuestra necesidad de saber; también el cariotipo elegido como lugar de nacimiento de Nexus. La auto-gnosis de la sustancia viviente única en el cariotipo humano. Ésa era la meta. Esta revelación, esta iluminación.  Es una metamorfosis, una mutación.
La historia del cariotipo humano se ha partido en dos, en un antes y en un después. Nunca como ahora.
Esta revelación, esta auto-gnosis. Este milenio que comienza es el primero de Xenus/Nexus. El primero de la nueva era. No habrá regresiones, ni recaídas desde aquí. Éste es un punto sin retorno en nuestro devenir. Este conocimiento cierto, este saber. Y esta certeza se extenderá por todo el planeta.
Nosotros somos la sustancia viviente única. Este saber transformará la vida, nuestras formas de vida. Todo ha cambiado. Nuestra mirada es otra. No mira el hombre sino el genoma, no el fenotipo sino el genotipo. En todo momento. Aquí, ahora mismo. No te habla o escribe un hombre, un humano, sino la sustancia genética, los genes, la sustancia viviente única.
Todo el pasado del cariotipo humano ha sido un tanteo, un buscar la respuesta esencial acerca de nuestro ser. Pero no era el hombre el que buscaba su ser o su sentido, sino su genouma. No era el ser del hombre el que importaba. La ilusión antropocéntrica duró lo que duró –el tiempo de la criatura humana. El período antropocéntrico –fenocéntrico– acabó. El cariotipo humano era un puente, un camino. No era la meta, no era la finalidad. Tan sólo un medio, un instrumento, un útil.
*Ahora hemos de hablar como un ‘nosotros’, pero un ‘nosotros’ referido a todos los cariotipos, a la sustancia genética que somos.  Nos, la vida. Si bien éste es un discurso que sólo está al alcance del cariotipo humano.
Es posible que haya un orden jerárquico en la naturaleza viviente. Que la tierra viviente toda sea un super-organismo. El ciclo no excluiría un orden jerárquico.
El cariotipo humano estaría en la cabeza, es la autoconciencia de la vida. Nuestro cariotipo es especial, esto hemos de reconocerlo. Es muy superior al resto de los cariotipos. Lo que puede el cariotipo humano. –lo  que pueden los diversos genomas que responden al cariotipo humano. Es en nuestro cariotipo que se ha producido la revelación, la autoconciencia. Estamos logrando el lenguaje adecuado para hablar acerca de nosotros mismos y acerca de la vida. Nosotros somos la vida. Ésta es una ruptura absoluta con el mundo anterior. El hombre, la criatura, el fenotipo… ha desaparecido. En su lugar habla la vida.
Una especie joven, reciente, la última, tal vez. Es el hombre moderno, del que todos provenimos, los últimos ciento cincuenta o doscientos mil años. Nuestra especie única ha tardado miles de años en llegar aquí. Pero esto es nada en el devenir de la vida en la tierra.
Este saber tiene consecuencias. La vida en la tierra ha cambiado radicalmente. Ha adquirido conciencia de sí. Ahora tiene voz. Hasta ahora hablaban las criaturas –el hombre (en nuestro caso). Ahora habla el creador, la sustancia viviente única.
Este saber es un punto sin retorno. Cuando este saber se extienda cambiará por completo la faz de nuestras vidas. Esto no es un descubrimiento o un saber cualquiera. Es un saber esencial que afectará inexorablemente a todos los grupos humanos.
Todo cambiará. El modo de vernos y tratarnos entre nosotros, los humanos; el modo de relacionarnos con el resto de las formas vivas.
Las ciencias de la vida se convierten en vitales. La genómica, la ecología… El saber esencial, la biología. El mundo viviente, el mundo nuestro. Nosotros.
No hay sino un único sujeto, un único ser. A nosotros nos dirigimos, a nosotros hablamos. Los genomas se hablan entre sí, de sí hablan –de nosotros hablamos cuando hablamos de la vida, a nosotros nos referimos.
Este discurso es necesariamente universal, compete a todos los humanos. Esta mutación, esta transformación. Dejaremos de ser hombres y de hablar como tales, y comenzaremos a hablar como sustancia viviente única.
Los seres humanos se reconocerán primero y antes que nada como sustancia viviente única. Etnias y culturas desaparecerán. Ésta es nuestra aurora, nuestra primera aurora. Los tiempos primeros, cuando por primera vez  la sustancia viviente pudo decir claramente ‘yo’. Es como un nacimiento. Ahora vemos el mundo no como hombre sino como genoma, como plasma germinal. El ser único. Y aquí no hay metafísica alguna. Ésta es, pura y simplemente, nuestra verdad.
Estos son los cambios que se avecinan. Etnias y culturas caerán. Todo dará paso a la nueva criatura, al homo ‘nexus’ (a falta de otro término quizás más adecuado). Es un anagrama de Xenus, la sustancia genética. Nosotros somos sustancia genética caracterizada o modelada según un determinado cariotipo. Nuestros fenotipos nos liberan y nos limitan por igual. Contamos con tan sólo unos pocos grados de libertad (no volamos, por ejemplo). Nuestra visión, o nuestra audición están limitadas, no captan la totalidad del espectro electromagnético. Es una visión y una audición selectivas, podríamos decir. Las limitaciones fenotípicas no nos han impedido, sin embargo, captar mediante instrumentos el entero espectro ‘em’. Nuestra imaginación (nuestro sistema de ‘representaciones’) parece no tener límites. Recibimos el mundo exterior de múltiples formas –el entorno físico-químico que nos rodea por doquier. Y lo conocemos (esto es, nos lo representamos) mejor cada día. Acumulamos información sobre ese mundo no vivo y acerca de nosotros mismos. Aprendemos a conocernos mejor cada día.
Nosotros somos la luz de este cosmos oscuro, y frío. Nuestras representaciones iluminan este mundo; proyectan luz, forma y figura.
Hemos hecho fértil a este planeta otrora inerte. Hemos hecho brotar la vida hermosa por doquier. Este planeta rebosa ahora de plenitud y vida. Este mundo respirable es obra nuestra. El aire puro, el agua dulce, la luz tamizada, seleccionada, escogida. La biosfera, la genosfera. En gran parte, todo obra nuestra.
La vida siempre inteligente, siempre activa. Xenus/Nexus, el demiurgo. Nosotros mismos.
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Hasta la próxima,
Manu

lunes, 23 de enero de 2017

145) Genocentrismo I


Genocentrismo I. Para los futuros.


Manu Rodríguez. Desde Europa (23/01/17).


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*La cuestión naturaleza/cultura nos importa. Debemos conocernos mejor, así como profundizar en la conducta y las actividades de los seres humanos. No sólo mediante la etnología y antropología cultural, también la etología (Lorenz, Tiberghien…, los primeros), y la sociobiología (Wilson). Etólogos y sociobiólogos no resuelven, a mi manera de ver, esta distinción, esta ‘dualidad’ (el doble eje que nos articula y constituye). Wilson, en particular, y la corriente que inicia (sociobiología), se limita a ‘reducir’ la cultura a la naturaleza. Esto es, no ven en la cultura sino la agresividad, la violencia, el ‘egoísmo’ y demás que imperan en el resto de las formas vidas, esto sí, sublimados. En el fondo se limitan a decir que las formas culturales (derecho, economía, política…) no son otra cosa que máscaras que ocultan la subyacente ‘lucha por la existencia’ que recorre toda la naturaleza viviente.
Pienso que la dificultad se encuentra en el concepto ‘naturaleza’ (no entendida aquí a la manera de la ‘physis’ griega y heideggeriana). Para los biólogos y sociobiólogos (ortodoxos, darwinianos)  ésta no es sino la citada ‘lucha por la vida’, la querella natural entre todos los seres vivos por el territorio, la alimentación, y la reproducción. Y reducen toda la cultura (y sus formas internas) a estos tres factores.
Otra cuestión son los genes. Hay también un ‘reducionismo’ genético. Aquí se trata de ver en los genes el origen de todos nuestros rasgos conductuales, sean positivos o negativos (quiero decir desde el punto de vista social), esto es, tanto el egoísmo como el altruismo. Psicobiólogos, y otros, encuentran que estos aspectos pueden ser encontrados incluso en el mismo genotipo, al igual que la dependencia al alcohol, o a las drogas, la homosexualidad, o el asesinato compulsivo… o el rasgo más insólito que se te pueda ocurrir de la conducta de los humanos.
Sin embargo hay algo en los genes que llama la atención y que sí es verdaderamente revolucionario. El código genético (la relación biunívoca tripletes de base-aminoácidos) es el primer código que podemos encontrar en  aquello que se nos aparece, en la ‘physis’. En la naturaleza viviente se distingue entre el plasma genético o germinal y el plasma somático. Los somas pasan, pero los genes permanecen (a través de la reproducción). Los aminoácidos son usados por los genes para construirse sus cuerpos, sus somas. Estos son vehículos de supervivencia de los genes (desde las formas vivas más simples, hasta las más complejas).
El origen y el término de todo ‘mensaje’, en todas las formas vivas, son los genes, el genoma. Son los genes los que, en último término, reciben la información desde el exterior, y responden de inmediato a las circunstancias ambientales que sean (cambios en la composición química o físico-química del agua o del aire; la presencia del rival o del partenaire…). Todo esto pertenece al ámbito de la comunicación celular.
Los genes son tanto reactivos como proactivos; su conducta no es sólo inducida, sino también espontanea; no sólo reaccionan ante el exterior, sino que crean y actúan en ausencia de estímulos. Los genes son los únicos responsables de toda actividad, los únicos actores. Se puede decir que los genes son lo único vivo en la naturaleza, y por consiguiente, los únicos sujetos de la actividad viva en el planeta. Y esto incluye a los humanos. No hay sino genes. Los fenotipos nos engañan (las apariencias engañan).
Tengo para mí que, desde el descubrimiento de los genes y del código genético, hemos pasado del fenocentrismo al genocentrismo y, en lo que concierne a las formas vivas, del fenómeno al (ge)noúmeno. Lo único ‘vivo’, pues, en el planeta son los genes. Estos son los únicos sujetos de toda actividad. Podemos decir con toda tranquilidad que nosotros somos los genes. El humanismo, cualquier humanismo, es un resto del antiguo antropocentrismo (‘fenocentrismo’) del neolítico –resulta ya arcaico en los tiempos que corren. Después de Copérnico y Kepler, ésta es la revolución más importante y la más destructiva de las ideas antropocéntricas o antropomórficas. Ninguna otra disciplina o corriente cultural contemporánea (ningún otro saber) destruye la idea del humanismo o antropocentrismo como esta de los genes (los únicos sujetos ‘vivos’ del planeta).
Me parece bastante extraño que no se haya llegado a esta conclusión sesenta años después del descubrimiento del ADN y del código genético, esto es, que no se haya dado el paso del ‘fenocentrismo’ al ‘genocentrismo’, y que sigamos viviendo como si no hubiera pasado nada al respecto. Esta certeza (el que nosotros somos los genes) cambiará por completo el modo en que nos vemos y nos conceptuamos los humanos, así como el modo en que vemos y conceptuamos al resto de las formas vivas. El ‘hombre’ desaparece. No hay sino una única sustancia viviente en el planeta, y nosotros somos esa sustancia –fragmentos (ordenados) de esa sustancia.
El ecologismo sigue siendo fenocentrista cuando postula la solidaridad con el resto de los seres vivos (y no digamos cuando pretende extender a los ‘animales’ los derechos ‘humanos’). En este discurso sigue siendo el ‘hombre’ el sujeto de la enunciación, siguen siendo los fenotipos los ‘protagonistas’ de la vida en la tierra. Y otro tanto podemos decir de sociobiólogos y psicobiólogos, donde sigue siendo el ‘hombre’, el fenotipo, el centro de su atención.
El genotipo, o el genoma (los genes), no nos dirige (la tesis de Dawkins –inexplicable en un biólogo), nosotros no somos dirigidos, no somos máquinas de supervivencia de los genes (esto es, no somos el fenotipo), sino que somos los mismos genes (no hay otro sujeto). Dawkins sigue siendo fenocentrista, a pesar de sus conocimientos en la materia. Los genes son el sujeto último en todo momento y lugar. No hay otro que piense, sienta, hable o quiera. Los genes, pues, son los responsables y los creadores de toda cultura, toda vez que no hay otros sujetos en la completa actividad biológica de este planeta. Así pues, no la naturaleza sin más, sino la naturaleza viviente, la sustancia viviente única, los genes.
Hay que partir del genocentrismo. Es un suerte de ‘monismo’ que tiene en cuenta las innumerables formas (fenotipos, cuerpos, somas…) a que ha dado lugar una única sustancia. En lo que concierne a los humanos ha dado lugar a razas y a culturas muy diversas. El árbol de los pueblos y culturas del mundo forma parte del árbol de la vida. Y esto es lo más sagrado que hay encima de la tierra.
El etnocentrismo, el racismo, el segregacionismo, o el supremacismo de unos y de otros son rasgos de ignorancia; algo arcaico, y contra-natura (contra la naturaleza viviente). Así como la indiferencia con que se explota a la naturaleza en perjuicio, en último término, no del hombre –como dicen incluso algunos manuales de ecología–, sino de la misma vida. Son rasgos de ignorancia, prepotencia, y locura.
Recordemos, desde el genocentrismo, la frase del primer hombre que puso el pie sobre la Luna. Sus palabras fueron: “Éste es un pequeño paso para el hombre, y un gran paso para la humanidad”. Pero no fue un paso dado por el hombre o la humanidad, sino por la misma vida. Fue la vida, la sustancia viviente única, la que llegó a la Luna. Visto desde el genocentrismo: mientras sigamos pensando así, nos comportamos ciertamente como fenotipos, como esclavos, como subordinados, como máquinas dirigidas, pues ignoramos al sujeto último de toda actividad, esto es, nos ignoramos a nosotros mismos. Nosotros hemos llegado a la Luna, pero ‘nosotros’ somos la sustancia viviente única, los genes, el plasma germinal.
Así pues, el ‘hombre’ no es ni la obra o la criatura de un artífice divino (concebida también como el señor de las bestias), ni la máquina de supervivencia de los genes. En ambos casos se le considera como ente creado. El ‘hombre’ no es.
Los cuerpos, las máquinas de supervivencias de los genes –de la sustancia viviente única– carecen de voz. No habla el hombre en los fenotipos humanos, no ruge el león, no trina el pájaro… Es la vida en todo momento, en toda criatura. No hay sino genes, genotipos, genoumas.
*Los pares naturaleza/cultura, cuerpo/alma, y genotipo/fenotipo se correlacionan en dos líneas cuasi maniqueas: la línea naturaleza-cuerpo-genotipo, y la línea cultura-alma-fenotipo. En la vieja ética judeo-platónica la naturaleza (el cuerpo) necesita ser dominada por el alma intelectiva –racional. Se habla de las pulsiones de la ‘bestia’, del animal en nosotros, y de la necesidad  de un ‘kibernein’, de un piloto (conciencia o alma). No muy diferente son las ideas de Dawkins: en su teoría del gen egoísta, los fenotipos conscientes deben superar, vencer, o dominar los mandatos de los genes, siempre egoístas e inhumanos, para alcanzar algo de ‘humanidad’. Resumiendo: La naturaleza, el cuerpo (lo animal en nosotros), o los genes (siempre egoístas), se oponen a la cultura, al alma (introducida por el dios en el momento de la concepción), y al fenotipo (el hombre social, y moral). La ética de Dawkins puede ser perfectamente adaptada a la moral tanto platónica como judeo-cristiano-musulmana. Humano, demasiado humano me parece todo esto. Arcaico, ‘ptolemaico’, antropocéntrico, fenocéntrico.
Nosotros, el cariotipo humano, no estamos sobre-determinados ni  por un dios, ni por un genoma egoísta. No somos obra  ni de uno ni de otro. Pues nosotros somos los genes.
Nuestro destino está absolutamente abierto y por escribir. Y aquí se encuentra la fuente de nuestra libertad. Pero no se trata de la libertad del ‘hombre’, sino de la libertad de la sustancia viviente única, la libertad de la vida.
Los genes se crean sus propios cuerpos y sus propias lenguas y culturas. Las lenguas y las culturas tienen un carácter social o de socialización. Una de las potencias de la vida es, precisamente, su capacidad de multiplicar los cariotipos (las formas vivas), las diferentes formas de vivir en el hielo y en el fuego, por así decir. No hay entorno físico-químico donde la vida, la sustancia viviente única, no haya intentado, al menos, establecer un nicho ecológico. Las culturas también están adaptadas a las condiciones físico-químicas (temperatura, presión atmosférica, vegetación, medios de subsistencia…). Las formas de escritura, por ejemplo, han sido y son  muy variadas. Esto quiere decir, simplemente, que hay muchas formas de establecer la comunicación mediante formas simbólicas escritas; que no hay un camino único, o que el camino no está trazado de antemano; que los caminos –los modos y maneras– se hacen. La escritura estaba por venir, como estaban por venir las diversas lenguas –los sistemas completos de comunicación verbal, de interacción social. En uno u otro caso las soluciones han sido muy variadas. Cada grupo o pueblo los han resuelto a su manera, y en total aislamiento unos de otros (sin mediar influencia alguna), de manera espontanea.
La variedad de lenguas y culturas, y su necesidad en los cariotipos humanos, es una muestra de nuestra potencia y de nuestra libertad (no como hombres sino como genes). Aquí la necesidad y la libertad no entran en contradicción. La imposición, pues, de una lengua, de una escritura, o de una cultura de un pueblo sobre otro, y la extinción, por consiguiente, de sistemas de escrituras, de lenguas, y de culturas, es un crimen. Debido a la masiva destrucción (desde hace milenios) de lenguas y culturas, hemos perdido tantos datos sobre nuestro pasado (el pasado del cariotipo humano) que nos hace muy difícil reconstruir nuestra evolución cultural (en amplio sentido) –reconstruir el árbol, el ‘grafo’ de nuestro pasado.  Se puede decir que las variedades del cariotipo humano han creado, crean, y crearan, lenguas y culturas, y eventualmente sistemas de escritura –de hecho, la cantidad posible de lenguas, culturas, y escrituras es virtualmente infinita (fíjate en los lenguajes (en las escrituras, mejor) de programación actuales).
*Podríamos interrogarnos por el ser de la sustancia genética, de la sustancia viviente única. Por qué es este ente. Aquí no interrogamos por el ente en su totalidad, sino por un ente en particular. Un ente que da lugar a otros entes. El genoma de los seres vivos (el ‘genouma’, podríamos decir). El genoma es la esencia de los entes vivos. El genotipo es la esencia de los fenotipos; el alma de todo cuerpo (la ‘psykhé’ de todo ‘soma’); el genoúmeno de todo fenómeno (viviente).
Nosotros mismos que hablamos y escribimos somos ese genoma, ese genotipo, ese alma, ese genoúmeno; ese particular ser viviente único. Sustancia virtualmente imperecedera, pues se eterniza a través de la reproducción. No uno el ser del delfín y otro el del tigre, sino que es uno y el mismo. Es la misma sustancia el ser de uno y el de otro. Los genes son los ingenieros de todas las formas vivas. Son los señores, los creadores. Los pilotos, los conductores; los únicos actores. Lo único vivo en el planeta.
Decir la vida es decir la sustancia genética, es decir la sustancia viviente única. Es el ente que es por sí, y para sí. No es por otro, ni para otro. Es el ‘demiurgo’ de las formas vivas que recorren el planeta. Los fenotipos son sus vehículos, sus transportes, sus garras, sus manos, sus ojos, sus oídos, sus alas, sus pies… Mediante los fenotipos la sustancia viviente toca, roza, huele, escucha… tiene acceso al mundo en el que ha venido a ser. Es esta sustancia la única que se interroga sobre el ser del ente. No el hombre. El fenotipo es un medio, un instrumento, un vehículo… No hay otro sujeto que los genes, la sustancia genética.
Esta sustancia es también la creadora del lenguaje, de los signos todos; de la comunicación. Las criaturas se entienden entre sí por medio de signos y lenguajes simbólicos (vinculantes, compartidos). Se usa el sonido, el color, la temperatura, las vibraciones… Los canales de información –los receptores (mecano-receptores, foto-receptores, quimio-receptores, termo-receptores…). Mediante los signos se informa al otro, pero también se le confunde, se le engaña, se le seduce (desvía), se le deforma...
*Con respecto al resto de la naturaleza seguimos comportándonos como hombres del neolítico. A pesar de estar inmersos en el nuevo período, seguimos llevando con nosotros los mundos lingüístico-culturales del neolítico. Estos mundos (estas representaciones) no nos sirven ya. Se han quedado (todos) anticuados, inútiles, inservibles, perjudiciales.
Todas las culturas del neolítico (indoeuropeas, semitas, asiáticas… y las extintas) son culturas antropocéntricas y antropomórficas. Todo gira en torno al hombre. El hombre es el centro de la creación, y aún el rey de la creación, el señor de las ‘bestias’. Nosotros seguimos siendo antropocéntricos porque seguimos viviendo bajo claves simbólicas neolíticas.
El nuevo período nos ha venido no tanto por Copérnico, Kepler, o Galileo, sino por Darwin. El camino de Darwin nos ha conducido al descubrimiento de la sustancia genética, del plasma germinal –virtualmente imperecedero y verdadero señor de las formas vivas. Éste es el más grande descentramiento que hemos padecido.  El ‘hombre’ ha desaparecido, así como el resto de las criaturas.
No es el mundo técnico, ni el lenguaje ‘metafísico’ de los indoeuropeos. Es el conjunto de culturas del neolítico, su carácter antropocéntrico, el que no nos sirve, el que no está a la altura de las nuevas circunstancias, de nuestra verdad. Nuestro comportamiento es el de hombres del neolítico. Las culturas y las ideologías del neolítico siguen gobernando nuestras vidas. Éste es el desfase que en la actualidad vivimos.
Son las ciencias de la naturaleza viviente (las ciencias biológicas) las que  nos instruyen ahora –la genómica, la ecología, la etología…
El paso del fenocentrismo al genocentrismo aún no ha penetrado en nuestras mentes, ni en nuestras vidas. Seguimos comportándonos como criaturas del neolítico. Necesitamos crear culturas genocéntricas, culturas absolutamente nuevas. Nuevas representaciones. Ahora tenemos que ver desde la sustancia única, como sustancia genética. Más allá del hombre en verdad.
Hemos dejado atrás el período neolítico y sus culturas. Nuestro saber ahora es otro. Todo ha cambiado.
El discurso filosófico en el ámbito occidental sigue siendo antropocéntrico, esto es, neolítico. Tanto en Nietzsche, como en Heidegger. No ha cambiado nada. No hemos aprendido nada. No se trata, en ningún caso, de un cambio en el comportamiento ‘humano’ hacia el resto de la naturaleza viviente (como los ecologistas, profundos o no, sugieren). Con supuestos semejantes seguimos inmersos en los mundos lingüístico-culturales del neolítico. Seguimos en el laberinto antropocéntrico del neolítico. Tanto la tradición judeo-cristiano-musulmana como la greco-romana, pero también la china, la japonesa, la india… Las viejas culturas del neolítico son un lastre y un peligro.
La salida, el camino de salida, ya está trazado. El paso del fenocentrismo al genocentrismo ya ha sido dado. Pero seguimos hablando y viviendo como criaturas del neolítico. Incluso entre biólogos (Dawkins…).
En cierta forma se puede decir que nada de este pasado neolítico nos vale. Todas las manifestaciones culturales (ciencia, derecho, filosofía, arte…) están marcadas por el antropocentrismo.
El ‘humanismo’ no es que sea metafísico, es que es humanismo, simplemente. Lo mismo daría tener un ‘humanismo’ no metafísico, laico o cosas así. El debate actual en filosofía es completamente absurdo, anacrónico, disparatado. El lenguaje de Heidegger, de los existencialistas, de los decontruccionistas… Completamente arcaico,  neolítico, antropocéntrico. No se han enterado de nada.
El sujeto de toda actividad es la sustancia viviente, la sustancia genética. No hay otro. No el hombre, no el león, no el pez, no el árbol, no la rosa… Tras los fenotipos están los genotipos, los únicos que verdaderamente hacen algo; los únicos sujetos.
Tenemos que ir más allá de los fenotipos, de los cuerpos, de las formas vivas; de aquello que se nos aparece. La sustancia genética es el alma de toda cosa viva, y la única entidad viviente en el planeta.
*“Alma, halito, y existencia equiparados a esse. Lo viviente es el ser: fuera de él no hay ser alguno.” Nietzsche. (Otoño 1885-primavera 1886; 1, 24).
“Alma y aliento y existencia [esse] equiparados. Lo viviente es el ser: ya no hay ningún otro ser.” Otra traducción.
*Ni paleolítico, ni neolítico, más allá. La nueva vida. La nueva mirada sobre la vida, sobre nosotros mismos.
Ya no habla la criatura, sino el creador, Xenus, la sustancia genética, la sustancia viviente única. Han desaparecido las criaturas. Ya no vemos más que al creador. Nosotros somos la sustancia genética misma, lo único viviente en el planeta. Nosotros somos la vida. El tiempo de los fenotipos pasó. No eran el centro, no eran el sol. El centro, el núcleo de la vida en la tierra son los genes, la materia genética.
Nosotros somos la materia genética; no hay otro que hable, trine, o ruja. No hay otro que piense, no hay otro que sienta o que quiera. En todo momento creador único, actor único –el único agonista en verdad.

Dividido, escindido, roto. En pugna consigo mismo. Desgarrándose constantemente; devorándose. Nutriéndose de sí. La autofagia. De sí se alimenta, de sí se nutre. Es el único, no hay otro. De sí, por sí, para sí. Xenus es el orden y el desorden, el deseo y el temor, la guerra y la paz… Pro-activo y re-activo. El único. Él es su propia morada; en sí descansa, en sí mora. El único.
Nuestra inteligencia es la inteligencia de la vida. En nosotros, los humanos, habla la vida. Sin intermediarios; sin que medien cuerpos ni criaturas.
El hombre, la criatura, había usurpado el lugar del creador, del actor único… del ingeniero, del poeta. El hombre como señor de las bestias, como rey de la creación… como otra cosa que naturaleza viviente.  Las antropogonías, y las teologías del neolítico –su antropocentrismo y antropomorfismo. El mundo en el que aún vivimos.
Seguimos viviendo en el neolítico, con ideologías y creencias del neolítico. Nuestras sociedades, nuestras culturas. Humanas, neolíticas, fenocéntricas; arcaicas, anacrónicas. Fuera de tiempo y de lugar. Desfasadas, inútiles –para los seres nuevos; para los futuros.
El genocentrismo del nuevo período. Lejos de todo antropocentrismo, de todo humanismo, de todo fenocentrismo. La vida ocupa su lugar.
La materia viviente es la materia pensante, y volente. No hay otro/otra que piense o que quiera. El Uno primordial que somos.
Aquí hablo a todas las razas y a todos los pueblos; a las criaturas de la sustancia genética, de la sustancia viviente única. Alienados hemos vivido en estos cuerpos, en sus discursos. Nos ignorábamos completamente. Los humanos, los fenotipos, usurparon nuestro lugar. Más allá del hombre, de la criatura, está nuestro lugar.
La confusión de la sustancia genética acerca de su propio ser. Hemos vivido extrañados en nuestra criatura, en nuestra creación.
La ilusión antropocéntrica. Lo que los diversos ‘hombres’ (creados, inventados, fingidos…) han construido sobre sí. Junto con esos ‘hombres’, todos sus mundos (representaciones) se han desvanecido.
Las nuevas criaturas carecen de cultura aún. No tienen aún poetas, ni ingenieros, ni letrados, ni filósofos… Hay toda una cultura nueva por crear. Representaciones dignas del periodo genocéntrico que vivimos.
Las palabras ligadas al primer y segundo períodos (paleolítico y neolítico) pierden sentido –todo lo humano.
Hemos de hablar como la vida, como la materia genética que somos. Desde la vida. Y dirigirnos, a su vez, a la vida.
No acierto a decir cómo serán nuestros discursos. Necesitamos palabras nuevas o re-direccionar las antiguas. Ciencias nuevas. El hombre (el cariotipo humano) es una de nuestras ‘máquinas’ de supervivencia.
Ahora somos el piloto de la maquina. El centro motor. El núcleo. El único que aparece y es. Vamos más allá del fenotipo, más allá de la máquina, más allá del soma; hacia el nucleosoma.
Las relaciones han de cambiar. Ya no nos tratamos como humanos, sino como genomas instruidos. Lo primero es la vida. Las culturas están al servicio de la vida, y no al contrario. La vida es creadora de lenguas y culturas. Es nuestro poder, aquello que podemos. No siervos de culturas, sino señores de lenguas y culturas somos.
Las lenguas y culturas que aún nos habitan. Las lenguas y culturas del pasado antropocéntrico. Las que nos salen al camino. El viejo mundo, el viejo hombre, la vieja criatura. No nos valen ya.
Ninguna cultura, ninguna historia ‘humana’ satisface al homo ‘nexus’, fragmento y anagrama de Xenus.
*La interrogación por el ser, por nuestro ser, pasa por la interrogación tanto de nuestro ser natural (étnico), como de nuestro ser simbólico o cultural. Nuestra diferencia tanto étnica como cultural.
No hay un hombre único; los seres humanos estamos étnica y culturalmente diferenciados. Esto forma parte de nuestra riqueza. Justamente nuestra variedad, nuestra multiforme presencia en el mundo.
El cariotipo humano se escande, se prodiga. Como sucede con la multitud de formas vivas. La sustancia viviente única tiene ese poder. La sustancia genética, único sujeto de toda actividad biológica, es el ser de todo ente vivo. El ser del árbol, y el del ave –aquello que les hace ser lo que son– es uno y el mismo. La sustancia viviente única no tiene otro, ella misma es su otro –su complejidad, su misterio. La variedad, natural y cultural, es sagrada.
*El camino que abrió Darwin nos ha conducido a la sustancia genética (al ADN). Este descubrimiento nos hace pasar (a todos los grupos humanos) del fenocentrismo al genocentrismo. El centro se ha desplazado de la criatura al creador (de los fenotipos a los genotipos). La sustancia genética es la única sustancia viviente (‘viva’) en este planeta. Nosotros, pues, no podemos ser sino sustancia genética. Esta ‘revelación’ (esta auto-gnosis) ha partido en dos nuestra historia sobre la tierra. El ‘hombre’, sus  mundos, el antropocentrismo… todo ha quedado atrás. Todo el pasado cultural de los humanos ha quedado arruinado, vacio, nulo... La ilusión antropocéntrica que nos ha acompañado durante miles de años se ha desvanecido. Se ha producido una mutación simbólica (en orden al conocimiento y a la conciencia de sí como sustancia viviente única); el cariotipo humano entra en un nuevo período de su devenir.
Esta aurora, este nuevo día cuyo comienzo presenciamos, alcanzará en su momento a todos los pueblos de la tierra. Pueblos, culturas, tradiciones, creencias… todo lo ‘humano’ desaparecerá. Viene una luz (un saber, una sabiduría) tan devastadora como regeneradora. Esta regeneración del cariotipo humano en el orden simbólico tendrá sus consecuencias. En un futuro no muy lejano hablaremos, pensaremos, y actuaremos, no como humanos sino como sustancia viviente única.
No hay filósofos aún, ni poetas, ni músicos, ni científicos… para este período genocéntrico que inauguramos. No hay nada aún para las nuevas criaturas, para la sustancia viviente única –en esta nueva fase de su devenir. Queda la elaboración de una cultura, de un ‘mundo’ nuevo (digno de la naturaleza de nuestro regenerado, de nuestro recuperado ser). Queda todo por hacer.
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Hasta la próxima,
Manu